Umanoides


Razón y Vida by umanoideabstraccióndecharco
junio 16, 2010, 1:10 am
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Todavía hay quienes creen que la razón lo puede todo, y casi están en lo cierto. Con el paso del tiempo se ha hipertrofiado hasta tal punto que ahora ella misma tiene que desarmar lo construido.

Descartes sufrió tal hipertrofia. ¿Qué es eso de no distinguir entre la vigilia y el sueño? ¿Y dudar de la propia existencia? ¿Por qué llevar la cuestión al absurdo? ¿Tiene fuerzas la razón para deshacer lo que ella misma hizo? Ésta se ha impuesto a la misma Vida, produciendo una situación de desequilibrio. ¿No será la ansiedad patológica un signo de la pesadumbre y el dolor que experimenta la Vida ante los latigazos de la razón? ¿No será un signo del grito de Dionisos?

La antigua distinción entre cuerpo y alma tampoco sale bien parada, en tanto que aquellos que la sostenían degradaban, precisamente, aquello que nos es más inmediato: el cuerpo. En ello veo la peor de las oposiciones, y también la más nefasta de las jerarquías.

Ese anhelo de razonarlo todo, esa avaricia cognoscitiva queda reflejada orgánicamente en la ansiedad patológica. La razón, aliada con la imaginación, produce toda suerte de anticipaciones acerca de situaciones que sabemos que se producirán. Estas anticipaciones pueden acarrear a quien las sostiene sensaciones placenteras en el mejor de los casos, pero también la angustia más absurda que se pueda tener.

Hace tiempo leí en El arte de amargarse la vida esto mismo que aquí expongo. Recuerdo un pasaje en el que una persona quiere pedir prestado un martillo a un vecino suyo. Antes de ir a pedírselo su razón comienza a maquinar de forma negativa, su deliberación sólo trae al caso aspectos oscuros e improvisados en el momento, de manera que cuando está delante de la puerta del vecino y éste abre para atenderle le dice algo así como: mira, quédate con el martillo, da igual.

Este tipo de razonamiento a priori es lo que considero una “domesticación” de la razón, es decir, sacarla de su lugar natural y aplicarla a situaciones en las que mejor convendría simplemente actuar. Esta domesticación que, por suerte, no afecta a todos los individuos, retrasa en la Vida al que así la padece.

Razonar en cantidades industriales sobre aspectos que simplemente se reducen a un “ya veremos qué pasa”, a partir de ahí se convierte la razón en una auténtica carga para la Vida. ¿O es que alguien puede decirme que no existen situaciones que tan sólo están para ser vividas? Lo del martillo es un ejemplo claro. Se me podría objetar: ¿y si le dio tantas vueltas al asunto porque no se llevaba bien con el vecino? A lo que yo respondo: que se lo pida a otro, ¿no?

Sublimar el instinto de la acción (si es que existe esto) a través de la razón, pero hasta cierto punto. Traspasado el límite, ¿no se convierte en algo perjudicial para el mismo desarrollo del individuo? ¿no es el razonamiento desmesurado más doloroso que lo que el momento imaginado nos reserva en verdad? Podría ser que la sensación de ansiedad fuese precisamente un mensaje de nuestro instinto: que no puede ser totalmente sublimado y que requiere su espacio.

El que tiene una razón domesticada no necesita mucho más para adentrarse en tal cenagal, pues ya se encarga ella misma de convertir en a priori lo que es estrictamente a posteriori. Ni mucho menos estoy sugiriendo que se abandone la predicción a la hora de actuar, lo que sí sugiero enérgicamente es una corrección en la manera de poner en práctica el arte de la predicción, contando exclusivamente con aquellos aspectos ya sabidos que, por su propio peso, habrían de ser tomados en cuenta.

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Memorias del sótano VI by umanoideabstraccióndecharco
junio 9, 2010, 5:59 am
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¿Hay algo más angustioso que la ignorancia? Perdonen, he acotado demasiado poco el interrogante, corrijo: ¿Hay algo más angustioso que no saber sobre un ser que nos es muy querido? ¿Hay algo más perturbador que ese pensamiento que se incrusta y que nos hace creer que, en realidad, si no sabemos es a causa de que la otra persona quiere que suframos? Seguramente haya algo peor, pero las sensaciones se graban a fuego.

Intuir una especie de maldad en el otro, una voluptuosidad ante el dejar con la intriga, una suerte de indiferencia, eso produce una angustia grande. Pero no nos engañemos: me atrevería a decir que en la mayoría de los casos no existe tal deseo de hacer el mal. Yo me pregunto, “¿lo haría yo?” La respuesta es clara: “YO no”. ¡Ah! ¿Y se puede inferir algo de ahí, como si la conducta de un otro pudiera ser deducida a partir de casos análogos? Ni mucho menos.

Ni yo mismo actuaría de la misma forma si cada día se me plantease un dilema: el estado de ánimo diría en el momento, es mi opinión. Me imagino en la situación de ir paseando tranquilamente y, de repente, una persona tropieza y cae al suelo, ¿qué haría yo? Dependiendo de la cantidad de vitalidad que circule en nosotros en ese momento, haremos una cosa u otra. O en otras palabras: dependiendo de con cuánta intensidad estemos en el mundo. Una persona típicamente apática, sin anhelos, sin vida interior, es probable que detuviera el paso y mirase a ver si alguien se acerca a ayudar al recién tropezado. Algo le dice que debería acercarse, pero se contiene por no sé qué cosa. Su esperanza es que alguien más inmerso en la vida pase cerca y la ayude.  Si no se da el caso, entonces experimentará la indecisión del que tiene a su voluntad hibernando. Y se preguntarán, ¿hay mucho que pensar en tal caso? No hay mucho que pensar, pero para ese individuo sí hay mucho que rumiar. Es la actitud del que vive encerrado en su abismo y ya no distingue qué cosas le agradan y cuáles no.

El estar siempre encerrado en uno mismo, atendiendo a la forma y contenido de cada uno de los pensamientos, ese no sabe responder cuando la Vida exige un movimiento rápido o una respuesta visceral. Es verdad: el rumiar y el vivir no se complementan, más bien se excluyen mutuamente. Sucede que el rumiante crónico se ha cansado de la vida, pero no precisamente por vivirla, sino de tanto pensarla.

El que tiene por costumbre adelantar los acontecimientos en su rumiar imaginativo, inevitablemente se retrasa en su vivir. ¡Cómo no! El rumiar sobre una acción retrasa la acción misma. Sin embargo, un individuo que piensa cuando la Vida se lo exige no se retrasa, sino que va a la par con ella. Caminar al mismo ritmo que la Vida, eso es como montar en bicicleta: es más fácil mantener el equilibrio cuando se está en movimiento que cuando se permanece inmutable. Además, el que es dinámico raramente caerá en el abismo, pues sus respuestas a la Vida surgen rápidamente por esa suerte de inercia del movimiento, porque es más fácil que se nos pose una mosca cuando estamos parados que cuando estamos en movimiento.



Memorias del sótano V by umanoideabstraccióndecharco
junio 3, 2010, 2:54 am
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Señores, ¿alguna vez han experimentado atracción e indiferencia por una misma cosa? Reconozco que no es nuevo para mí, pero en esta ocasión mi compromiso es mayor que en las anteriores. Sentir que se quiere a alguien para al cabo de un tiempo (un minuto, quince, dos horas, un día) no encontrar esa atracción, ¿han vivido eso? Me pregunto si eso me convierte en un mentiroso, o mejor, en un mentiroso a ratos.

¡Oh! ¿En qué me convierten estos pensamientos? Quizá no sea sano pensar en frío y a lo lejos. Porque el querer no es racional, ¿no creen? Díganme la verdad, me estoy desnudando ante ustedes, ¡no desprecien mis tormentos! No es lícito el amar cuando uno no se ama a sí mismo, el amor ha de nacer de la sobreabundancia y no de la carencia. Me pregunto si yo me amo. En verdad, cuando uno se ama es cuando más seguro se está de amar o de no amar, pero jamás se es indiferente.

Enloquezco a causa de mis brotes de indiferencia. ¿Es lógico ser indiferente con los demás cuando se es con uno mismo? Ya lo creo que sí. El amor propio es lo que nos da la viveza, ¿cómo podría yo tratar a las personas positiva o negativamente sin que haya dentro de mí una fuerza positiva o negativa? Es verdad: a la nada se le da de comer con la nada, ¡y qué poco se quejan por esto! Pero tampoco yo soy consciente de estar siendo alimentado con nada, luego tampoco yo me quejo: esto sólo lo sabe el indiferente.

Ensalzar la vida, colmarse de ella, ser un  bailarín de la existencia, esto nos posibilita el desear y el amar. La permanencia, el estatismo, la quietud, cabalmente es lo que posibilita (y me atrevo a decir que asegura) la indiferencia, es decir, la muerte del deseo.