Umanoides


Memorias del sótano VI by umanoideabstraccióndecharco
junio 9, 2010, 5:59 am
Filed under: General

¿Hay algo más angustioso que la ignorancia? Perdonen, he acotado demasiado poco el interrogante, corrijo: ¿Hay algo más angustioso que no saber sobre un ser que nos es muy querido? ¿Hay algo más perturbador que ese pensamiento que se incrusta y que nos hace creer que, en realidad, si no sabemos es a causa de que la otra persona quiere que suframos? Seguramente haya algo peor, pero las sensaciones se graban a fuego.

Intuir una especie de maldad en el otro, una voluptuosidad ante el dejar con la intriga, una suerte de indiferencia, eso produce una angustia grande. Pero no nos engañemos: me atrevería a decir que en la mayoría de los casos no existe tal deseo de hacer el mal. Yo me pregunto, “¿lo haría yo?” La respuesta es clara: “YO no”. ¡Ah! ¿Y se puede inferir algo de ahí, como si la conducta de un otro pudiera ser deducida a partir de casos análogos? Ni mucho menos.

Ni yo mismo actuaría de la misma forma si cada día se me plantease un dilema: el estado de ánimo diría en el momento, es mi opinión. Me imagino en la situación de ir paseando tranquilamente y, de repente, una persona tropieza y cae al suelo, ¿qué haría yo? Dependiendo de la cantidad de vitalidad que circule en nosotros en ese momento, haremos una cosa u otra. O en otras palabras: dependiendo de con cuánta intensidad estemos en el mundo. Una persona típicamente apática, sin anhelos, sin vida interior, es probable que detuviera el paso y mirase a ver si alguien se acerca a ayudar al recién tropezado. Algo le dice que debería acercarse, pero se contiene por no sé qué cosa. Su esperanza es que alguien más inmerso en la vida pase cerca y la ayude.  Si no se da el caso, entonces experimentará la indecisión del que tiene a su voluntad hibernando. Y se preguntarán, ¿hay mucho que pensar en tal caso? No hay mucho que pensar, pero para ese individuo sí hay mucho que rumiar. Es la actitud del que vive encerrado en su abismo y ya no distingue qué cosas le agradan y cuáles no.

El estar siempre encerrado en uno mismo, atendiendo a la forma y contenido de cada uno de los pensamientos, ese no sabe responder cuando la Vida exige un movimiento rápido o una respuesta visceral. Es verdad: el rumiar y el vivir no se complementan, más bien se excluyen mutuamente. Sucede que el rumiante crónico se ha cansado de la vida, pero no precisamente por vivirla, sino de tanto pensarla.

El que tiene por costumbre adelantar los acontecimientos en su rumiar imaginativo, inevitablemente se retrasa en su vivir. ¡Cómo no! El rumiar sobre una acción retrasa la acción misma. Sin embargo, un individuo que piensa cuando la Vida se lo exige no se retrasa, sino que va a la par con ella. Caminar al mismo ritmo que la Vida, eso es como montar en bicicleta: es más fácil mantener el equilibrio cuando se está en movimiento que cuando se permanece inmutable. Además, el que es dinámico raramente caerá en el abismo, pues sus respuestas a la Vida surgen rápidamente por esa suerte de inercia del movimiento, porque es más fácil que se nos pose una mosca cuando estamos parados que cuando estamos en movimiento.

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