Umanoides


Viaducto by Luis Felip
enero 11, 2010, 2:11 am
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Quim regresaba al piso a las cuatro de la noche, a través del viaducto, cuando se cruzó por primera vez con Ariel inclinada sobre la barandilla. Cuando llegó al final se dio la vuelta, para asegurarse de que aquella chica morena no estaba a punto de saltar. Volvió sobre sus pasos hasta donde ella estaba y le pidió fuego, para iniciar una conversación. La chica parecía regresar de su propio mundo cuando aceptó un cigarrillo y dejó a Quim que se lo encendiera, protegiendo la llama con las manos del viento que soplaba entre los edificios de la calle de Segovia. Terminaron la conversación a cubierto, en un café cercano. La piel de Ariel era oscura, más oscura en los párpados, en los labios, en los nudillos; sus ojos, su cabello corto eran oscuros, su ropa era oscura pero sus dientes, su voz eran brillantes. Era unos años mayor que él, se notaba la diferencia de edad en sus gestos de seguridad, confundidos con la resignada laxitud de los treinta.

Creo que la noche aquella no sucedió nada, sólo intercambiaron los números de teléfono. A la semana o así, Quim la trajo al piso. Ella acababa de terminar una beca de investigadora en el CSIC, y ahora andaba echando el currículum por distintas empresas. Hablé con Ariel un buen rato sobre todo aquello de las becas, las tesis de postgrado, temas impersonales en general.

Quim y Ariel se marcharon a vivir juntos poco después. Lo último que sé de ellos es que no pudieron seguir permitiéndose el alquiler con sus sueldos de mileuristas, y tuvieron que mudarse a casa de la madre de Quim. Ella cuida ahora de su nieto, mientras los jóvenes se las arreglan como pueden con su trabajo y con su vida.

A veces, cuando atravieso el viaducto en noches solitarias y un tanto peligrosas, mientras pienso en los indigentes que viven abajo en los recovecos de su estructura, o en la historia trágica de este lugar, me saca de todas mis otras preocupaciones la imagen hipotética de Ariel, y soy consciente de que aquella noche pude haber sido yo el que la encontrase inclinada sobre la barandilla.

x Luis



Diarios de mi adolescencia I by umanoideabstraccióndecharco
enero 10, 2010, 2:50 am
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Cuando tenía doce años escribí en mi diario: “¿cuánto puede caminar un hombre en medio del desierto sin comida, sin víveres, sin agua?” Solo, consumido por las fauces del sol y  la crueldad  de la  arena del desierto, sabiendo que cada paso está un metro más cerca de la extenuación y que el gasto de energía ya no es reversible: ¿qué esperanza impulsa los latidos del corazón de ese hombre? Si no existe horizonte alguno a la vista o un maldito oasis, ¿por qué debería ese hombre mover un músculo? ¿qué es lo que hace que ese hombre se mueva?

Creo que entonces, a los doce años, ya lo sabía: que no podemos dejar de movernos porque, por extraña que parezca, esa es la única cualidad que separa a los vivos de los muertos. No es la replicación genética  ni cierta tendencia a la complejidad como sostienen los biólogos darwinistas, no: los seres vivos se mueven.  Por tanto,  la esperanza no se pierde porque no exista horizonte alguno a la vista: la esperanza se pierde  cuando intentando buscar una atalaya más favorable descubrimos que las piernas ya no nos responden. Ergo no importa perder las esperanzas: importa poder moverse.

Respecto a la metáfora del desierto, creo que entonces lo que  no sabía es que el desierto podía ser la vida entera. La respuesta es que nunca se sabe lo que puede aguantar un hombre. En cualquier caso, un hombre siempre puede aguantar mucho más de lo que todos pensamos, mucho más de lo que recomienda la O.N.U. y mucho más de lo admisible. Puede ser que esa travesía por el desierto se prolongue más allá de lo que nunca imaginamos. Puede ser que calculáramos mal o que creyéramos  que la salvación estaba a la vuelta de la esquina. Se sabe dónde comienza  el desierto pero no dónde termina. Y en general somos seres confiados: cuesta imaginar cuando uno da el primer paso que se ha emprendido un camino que no tiene vuelta atrás.

Pienso en el chico que era yo a los doce años y en qué punto del desierto me encuentro ahora. El niño que yo era oteaba desesperadamente el horizonte intentando encontrar a alguien, boqueando como un pez, arañando con sus branquias la soledad más absoluta. Hay partes de esa travesía que no podría contar a nadie  y  ése es el significado más preciso de la oscuridad: partes ilegibles, textos irrecuperables que se han perdido porque nunca hallaron lector.  Y la vida necesariamente  ha de contarse para poder reflejarse a sí misma: los seres vivos se mueven y se cuentan cosas.Y esto es precisamente lo que han olvidado muchos filósofos a lo largo de la historia. El hombre no es un animal racional, ni una idea que se despliega a lo largo de la historia, ni una mezcla insana de ángel y bestia, todo eso está bien, pero no: los seres humanos somos seres esencialmente narrativos. El deseo que nos mueve es siempre un deseo de contar. El amor no es sino el deseo de contar a alguien en exclusiva. El sexo no es sino el modo de interrumpir una conversación que ya no cuenta nada. Pero el deseo habita en las palabras, vive en el lenguaje y conocerlo es fundamental para profundizar en la humanidad de lo que somos. Por eso resulta tan fácil dejarse seducir por la magia de algunas frases. Por eso sólo toleramos a ciertas personas cuando están calladas.

Post escrito por usuario Ziggynoide.