Umanoides


Diarios de mi adolescencia III by Ziggynoide
enero 19, 2010, 10:38 pm
Filed under: General

Cuando tenía diecisiete años, escribí en mi diario:” ¿ los demás existen?”. Hubo una época, de los diecisiete a los diecinueve,en que me pareció que no.  Todavía hoy me asaltan dudas. Esta mañana, por ejemplo, después de pasar cinco horas en la sala de espera de un hospital junto a una embarazada con mareos, he llegado a dudar de que existiéramos. Bueno, no éramos los únicos. Después de pasar cinco horas esperando en urgencias, todo el mundo empieza a volverse sospechosamente solipsista.  A mi derecha, una mujer de unos cuarenta años con  los labios retintados y un bolso de Moschino, me pregunta: “¿estaremos en la lista?”. Es difícil saberlo, le respondo, si me hubiera preguntado hace dos horas le hubiera dicho que sí. Pero no prestaba atención a mi respuesta. ¿ Qué llevas ahí?, ha continuado.¿ En dónde?, he respondido de un modo bastante absurdo. El libro, me ha preguntado. Ah, le digo, siempre llevo algo con lo que entretenerme por si no existiéramos. Se ríe. Le paso el libro. Lo hojea un poco y comienza a leer el párrafo inicial para sus adentros. Es bueno, me dice. Bueno, le explico, es sólo el párrafo inicial. A continuación, abre el libro por la mitad y saca dos folios doblados.¿ Y esto?, vuelve a preguntarme: ¿es tuyo?No, no es mío, le explico: es una carta de una mujer que tampoco existe. Vuelve a reirse, pero no se atreve a desdoblarla.¿ Puedo?, me pregunta finalmente. No, no puedes, le respondo. Pero se molesta y, a continuación, me devuelve el libro junto con la carta, vuelve a la nada, desaparece.

Regreso a casa después de siete horas en urgencias dudando de mi propia existencia. Mientras conduzco, no puedo evitar pensar que los dueños de los coches que me salen al paso tampoco existen. Llego a casa y me meto en la cama hasta que mi cuerpo , convertido en un ovillo de lana, comienza a calentarse. No sé lo que sueño, pero, cuando me despierto, envuelto en una calidez extraña, mi sobrina, Irene Powers, de dos años y medio, me está mirando fijamente. Tito, me dice, gusanitos. A esta hora siempre me despierta para que bajemos al kiosco a comprar gusanitos. ¿ Tú sabes lo que es el solipsismo Irene?, le pregunto.Mi sobrina menea la cabeza afirmativamente y se ríe. No, le digo, no puedes saberlo, no te creo nada. Sí tito,continua, ziricismo, yo sé. Justo en ese momento, entra por la puerta mi otro sobrino, el más pequeño. No Alex, no , se adelanta mi sobrina la mayor, fuera, fuera:el tito tiene ziricismo. Me levanto de la cama, los separo y los levanto por los brazos como si se tratara de dos pesos muertos. Vamos a la cocina a preguntarle a la abuela, les anuncio,  a ver si nos dice lo que es el ziricismo. Cuando llegamos , suelto a mi sobrinos en el suelo. Irene Powers, la mayor, grita: “abuela,  abuela”. A continuación coge una cuchara del cajón de los cubiertos y abre la nevera de donde saca un yogur. Toma tito, me dice, para el ziricismo. Cojo el remedio  que me ofrece mi sobrina contra el ziricismo y , por primera vez en todo el día, siento que comienzo a existir.

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6 comentarios so far
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Qué cosas… es realmente conmovedor.

Comentario por umanoideabstraccióndecharco

Me gusta mucho. Aunque no puedo evitar confundir al autor con el personaje…

Yo mismo, por la edad a la que escribías aquella entrada en tu bitácora, más o menos, tuve una etapa durante la cual me asustaba tanto ser visto por los demás, llamar la atención, ser señalado por mi aspecto o por mi manera de vestir, que para salir a la calle tenía que autoconvencerme de que los otros a mi alrededor no existían. Tenía que recluirme en el solipsismo. Eso duró hasta que me di cuenta, tarde, de que aquello que pretendía esconder era un ser de ficción, y que mi ser, como ficticio, no precisaba ser escondido sino más que eso, conformado. No se trataba de crear una máscara, suponiendo que tras la imagen de uno mismo hay algo oculto. No lo hay. Más bien se trataba de suprimir la máscara, el juego entre el lado de aquí y el lado de allá. Se trataba de ser mi apariencia misma. Y si la apariencia escondía algún fondo, algún núcleo, ese núcleo no era ni mucho menos “yo”, una supuesta identidad profunda, sino precisamente algo totalmente distinto, otro. Ahora pienso que vivir es eso: la simbiosis entre un yo que está a flor de piel, y del cual los otros participan constantemente como espejos o como apéndices, y ese centro extranjero dentro de mi que, como el daimón de Sócrates, a veces se expresa donde yo no hablo.

Comentario por Luis

Ufff , Luis, ¿ no pretenderás que me meta en un terreno tan pantanoso como el de la apariencia y el ser, el núcleo y la máscara? Pero si quieres te aventuro mi dualidad favorita: la que se da siempre entre las decisiones que hemos tomado y son irrevocables ( o alguien ha tomado si lo prefieres, pero que se relacionan con nuestra identidad pública o avatar que, por otra parte, es impepinable) y aquellas que nos gustaría, desearíamos o hubieramos debido tomar. Nuestro ser de ficción, aparente, con máscara o llámalo como quieras tiene siempre muy presente la información que aportamos a los demás en cada uno de nuestros actos, es decir , los datos de salida.Esto es muy curioso porque, a pesar del prestigio que ha alcanzado últimamente la filosofía de la fragmentación, con frecuencia solemos tener una conciencia atroz de lo que hemos hecho. Sabemos lo que hacemos, orientamos nuestra conducta, calculamos posibilidades y , precisamente por ello, podemos equivocarnos. ¿Qué es el sufrimiento sino la conciencia absoluta de que te has equivocado, de que te volverás a equivocar, de que la vida ha sido un error desde siempre? Alguien que es una máscara cambiante o aspira a la total apariencia no puede permitirse ese lujo. Por tanto, yo colocaría una tercera persona en el juego, alguien que ni es pura apariencia ni vive en las cuevas del núcleo: podría ser cualquiera de nosotros.

Comentario por Ziggynoide

Lo que en el fondo estás diciendo, es que el error de las decisiones existe desde el momento en que existe narratividad. Pensamos, calculamos, etcétera. Pero ese relato, el de mis pequeñas tribulaciones y mis menospreciables sufrimientos, forma parte justo de aquella máscara cambiante a la cual yo me estaba refiriendo, la máscara de nuestra identidad transparente, y que sigue apasionada el devenir de su propio cuerpo, del cuerpo de los otros, de lo que somos y lo que nos hacen.

La pregunta que me hago, y es la pregunta que se ha hecho toda la historia de la filosofía, es cuál es la disposición correcta que un hombre puede adoptar para no ser esclavo de aquellas pasiones tristes que, como diría Spinoza, menoscaban su potencia de obrar. Cómo vivir sin la culpa de otros ni la de uno mismo; sin la conciencia mortificante del error o del odio; sin esperanza ni temor.

Es decir, cómo construir esa identidad simbiótica entre lo que tiene sentido (el “yo”) y lo que no lo tiene (el “núcleo”) para formar un sujeto activo, no reactivo, sujeto de pasiones que incrementen su potencia de obrar y no la disminuyan. Eso debería ser una vida buena.

Comentario por Luis

Eso, más que una vida buena, es una vida altamente improbable. Porque, lo pequeñas que sean nuestras tribulaciones y lo menospreciable que resulte nuestro sufrimiento, depende estrictamente de lo poderoso que sea el relato que construimos. Y te aseguro que hay relatos muy buenos por ahí rondando. Un hombre no puede evitar ser esclavo de las pasiones tristes( tampoco de las alegres), igual que no puede evitar estar sometido a la alteridad y, en consecuencia, a lo arbitrario. De hecho, nuestra potencia de obrar existe para ser menoscabada, vive para ser refutada y se ahoga cuando la realidad no le ofrece resistencia alguna. ¿ Cuál es la disposición ideal que debe adoptar un espectador para no ser sorprendido por una lágrima que aflorará de sus mejillas durante la proyección de la película?. Muy fácil: no ir nunca al cine. Nadie puede vivir sin culpa y llamarse libre, porque la libertad presume el error y el error nos recuerda constatentemente que pudimos elegir otra película. Toda la diatriba de Spinoza es un desideratum, una aspiración, una pauta que deberíamos cultivar si lo que perseguimos es una voluntad confiada, segura de sí misma al obrar. “Armonizar”, “incrementar” o “mejorar” son verbos que me inquietan profundamente porque son usados con una frecuencia pasmosa en los catálogos del Ikea o en la consulta de cualquier psicólogo honoris causa. Y no digo ya nada de lo del sujeto activo: búsqueda activa de empleo,turismo activo,jubilado,sí,pero activo.Si Spinoza levantara la cabeza.

Comentario por Ziggynoide

Bonita tertulia de patatas.

Comentario por umanoideabstraccióndecharco




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