Umanoides


Memorias del sótano III by umanoideabstraccióndecharco
enero 14, 2010, 5:34 am
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Señores, ésta es mi terapia, así pongo yo en calma mis oleajes más íntimos, así callo yo a mis fantasmas, así hago yo que mis tormentas dialoguen con la más serena de mis aguas. De lo escrito anteriormente y con la ayuda de Nietzsche, la conclusión a la que llego es que para vivir bien se necesita de la buena salud, de un estado de ánimo que no le haga a uno encorvarse hacia la tierra como si la muerte reclamase nuestro oído. Tampoco es solución el mirar hacia arriba, pues esto ha producido en la historia del ser humano la tortícolis del espíritu más tortuosa jamás vivida.

Esa mirada cansada en vertical, esa reverencia y a la vez súplica a lo que está fuera de la vida misma es lo que precisamente hizo que ésta empobreciese: la vida no era más que el preludio a lo real, era considerada como digna de ser sacrificada incluso aun cuando esto supusiera la más radical muerte en vida. Pero no seguiré por este camino, Nietzsche ya lo explicó con una voz cuyos ecos hicieron polvo hasta la más firme de las creencias en lo extraterreno.

Hombres de acción y hombres de rigurosa conciencia, esa fue la distinción que estableció Dostoyevski en su escrito corto “Memorias del subsuelo”. A mi parecer, no es que en el hombre de conciencia haya un exceso de reflexión y en el hombre de acción haya una escasez, no. El hombre de las profundidades reflexiona cuando no debe hacerlo, y esto es lo que le diferencia del hombre de acción: éste piensa justo cuando las circunstancias lo reclaman, es la vida la que le arranca la reflexión y no al revés.

A menudo me hallo en el camino que separa a estas dos clases de hombres, también a menudo me encuentro en uno de los extremos, pero la vuelta al camino se me hace inevitable: mejor es estar en el camino que permanecer en el extremo más carente de vida en sentido propio. Pero, ¿qué hacer para llegar a poner en funcionamiento mi engranaje de hombre de acción? ¿Existe una fórmula racional para ponerlo en marcha? ¿O sólo se trata de voluntad? Casi no me cabe duda de que la voluntad es el motor principal de tan magna empresa, con eso debería  bastar.

Ahora bien, ¿cómo activar la voluntad que desencadenará el resto de procesos fisiológicos por el que me será lícito y placentero “hacer” y “desear”? Señores, es cierto que a veces he llegado a sentir una gran liviandad en mi acción y en mi pensar, de ello he sido consciente. Pero, ¿qué fue lo que hizo que todo en mí comenzara a rodar como si la vida apenas me presentase rozamiento? ¿Qué fue lo que me hizo deshacerme de esa sensación de lentitud y de gravedad? Quizá algo similar al rebuzno de un asno.[1]

Llegados a este punto, ¿es cuestión de voluntad? ¿O más bien este estado de ánimo es el resultado directo de ciertos procesos fisiológicos necesarios?[2]


[1] DOSTOYEVSKI, Fiodor, El idiota. Madrid: Alianza Editorial, 2007. Cito textualmente: “Acababa de sufrir una serie de ataques muy violentos y cada uno más que sufría, cada recrudecimiento de mi enfermedad, tenía la virtud de sumirme en una atonía completa. Entonces perdía la memoria en absoluto, y aunque mi espíritu permanecía despierto, el desarrollo lógico de mi pensamiento quedaba interrumpido, si vale la expresión. No me era posible unir entre sí más de dos o tres ideas. Cuando los accesos pasaban, me sentía tan bien y tan fuerte como ustedes me ven ahora. Recuerdo que sentía una tristeza insoportable, que tenía ganas de llorar, que estaba siempre inquieto y, en cierto modo, como asombrado. Me encontraba extraño a cuanto veía. Sí, extraño de un modo que me anonadaba. Y me acuerdo de que ese marasmo se disipó del todo al llegar a Basilea, en Suiza. La circunstancia que lo eliminó fue el  hecho de escuchar el rebuzno de un asno que se hallaba tendido en el suelo, en la plaza del mercado. El asno me impresionó extremadamente; su vista me causó, no sé por qué, un placer extraordinario… Y mi cerebro recobró en el acto su lucidez.”

[2] BAROJA, Pío, El árbol de la ciencia. Madrid: Caro Raggio/Cátedra, 2004. Cito textualmente: “Andrés pudo comprobar que el pesimismo y el optimismo son resultados orgánicos como las buenas o las malas digestiones.” Ésta es la tesis que yo defiendo en vista de la imprevisibilidad de los cambios en mi ánimo.

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2 comentarios so far
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Muy decimonónico, muy omnisciente.

Comentario por Luis

No es que no lo haya pensado, pero pensar que el humor, el estado de ánimo y las ganas de sonreir dependen estrictamente de la acidez de estómago, es un pensamiento que no creo que pueda satisfacer a nadie durante mucho tiempo. De hecho,creo que todos alguna vez hemos sido felices a pesar de nuestro cuerpo, quiero decir, todos alguna vez nos hemos bañado desnudos en pleno invierno. Además de un gran catarro, eso era un gran sí de la voluntad.

Comentario por Ziggynoide




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